¿Qué duele más?
¿Las cosas que nos dicen? ¿El modo en que nos dicen las cosas? ¿Las personas que nos dicen esas cosas, creyéndose capaces de hablarnos de tal manera? ¿O puede que nos duela el modo en qué quedamos vulnerables ante dichas declaraciones (reales, por cierto), dejando al descubierto aquello que sentimos/pensamos de nosotros mismos, pero que no queremos sentir/pensar? De algo estoy segura. Somos complejos, y entre tanto entramado biológico, emociona, psicológico e intelectual, lo que resuena y emerge en nosotros, en algún momento, es la f r a g i l i d a d. Fragilidad que ante los ojos (propios o ajenos) puede ser imperceptible, pero que está y permanece. Sin permiso y derecho. Somos esclavos de nosotros mismos; de nuestra propia oscuridad. A veces a sabiendas, otras sin percibirlo demasiado. Y en esto último reside el peligro. Porque tal vez creemos que es mejor dejar todo así. Es más cómodo, aunque, contradictoriamente, incomode.Y entonces viene alguien, que nos desestabiliza y no saca de las casillas (porque realmente estabamos encasillados y ensimismados). Que nos hace sentir aquello que no queremos; que nos "libera" de algo que preferíamos, nos "domine". Que hace que la herida infectada, al fin sea limpia. No tienen el derecho. No funciona así. ¡Nosotros decidimos! ¡Somos dueños nuestros!
Sin embargo, sabemos que no es así. Somos de quienes nos "dejan ser", pero también de quienes nos movilizan a reconocer y a cambiar aquello que nos "esclaviza". De quienes nos "obligan" a replantearnos y a pensarnos a nosotros mismos.
De quienes nos demuestran que no hay juicio, ni vicio que los haga amarnos menos. De quienes el amor es verdad, y por eso, a veces, duele.
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