Los intereses ajenos que involucran nuestra persona siempre van a ser un motivo de lucha. Lucha en el sentido de no poder entender el porqué de las acciones que llevamos a cabo. Lucha por sentirnos incapaces de tomar decisiones. Lucha por saber que nos mienten pero aún así creer en esa mentira.
Hoy a la mañana me levanté muy cómodamente escuchando la lluvia. Fui al baño y mi mamá estaba escuchando la radio. No pude evitar oír el testimonio de uno de los soldados.
No es para recordar lo que hicieron, no es para recordar su desempeño, no es para hacerlos sentir héroes (de hecho lo son sin que se los digan), es para tratar de entender lo que sintieron, lo que dejaron atrás, lo que se les cruzó por la mente cuando se enteraron que irían a Malvinas recién salidos de la secundaria o recién inmiscuidos en el mercado laboral.
Pero no solo eso. Si aún pudieran responderse esas preguntas, todavía en mi cabeza quedarían otras. Otras como quién en su sano juicio no entiende que por más que a esa edad "se entra en la adultez" se sigue siendo inocente y teniendo sueños a futuro, se sigue pensando que nada malo puede pasar, se continúa con la ganas de disfrutar cada fin de semana luego de una semana ardua, se sigue con esa tonta y vana ilusión de pensar que uno es eterno.
¿Quién se hizo cargo del sentimiento de impotencia de los padres? Aquellos que tuvieron sueños para sus hijos, aquellos que se ilusionaron con la idea de nietos, aquellos que jamás pensaron en vivir más que sus "pequeños".
No se arruinaron sólo vidas singulares, se arruinó la de una familia, la de una sociedad, la de un país. Somos uno. Nos pertenecemos. Todos fuimos engañados y burlados. Todos "nos mataron" en esa guerra. Todos perdimos, y perdemos cada vez que somos objeto en lugar de sujeto. Cada vez que hacemos las cosas porque si, sin cuestionar lo instituido. No hablo de rebelión, hablo de derecho a decidir.
Dios fue testigo de cada atrocidad, pero sobre todo de cada sentimiento y corazón. Los cercanos escucharon la cruda situación de los suyos, y los de afuera, solo conocimos lo superficial y lo más adecuado de relatarse.
Esa guerra que comenzó en Malvinas, sigue hoy en cada corazón. Tal vez con el mismo nombre y de manera consciente (reconociendo que se debe a ese frío 2 de abril), o quizá de manera inconsciente, tan profunda que no se reconoce, pero que angustia el alma y contrista el espíritu.
Lo escribo porque es lo que me pasó, que mientras yo disfrutaba de la lluvia mientras estaba en mi cama, ellos enfermaban por la misma. Lo escribo porque quienes se quejan es porque están llenos. Lo escribo porque entiendo que esos momentos no se puede borrar, ni de la mente de los veteranos (aunque es lo que seguramente desean) ni de nuestra mente, porque no es bueno olvidar. Porque de una guerra nada bueno se obtiene (y lo digo en presente, porque era guerra continúa).
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