Me enamoré del chico de la tele.
Me enamoré de sus cejas ladrillo, sus ojos acuífero y su cabello carbón.
Me enamoré de su verborragia y de sus palabras inteligentes. Me enamoré perdidamente de sus conocimientos por áreas ajenas y cercanas a mi.
Creo que la fascinación de ver sus bucles en la frente y la posición recta de su espalda hacían que me desconcentrara del escenario londinense que siempre admiré y que caracterizaron la serie.
Pero lo que me desarmaba era su personalidad. Disociado de todo tipo de emociones y refugiado en su palacio mental, había conseguido que su inteligencia visual y sus conexiones neuronales explícitamente manifestadas en pantalla, rozaran mi sentimiento más rudimentario de ignorancia y vulnerabilidad. Cada vez que lo veía quería sentir debilidad dentro de mi sentido común y que sus descubrimientos me hicieran suspirar, vez tras vez.
No sonreía muy a menudo, pero cuando lo hacía sus ojos también acompañaban el gesto, y yo quería congelar la imagen para siempre, para así mantenerlo conduciendo shock de electricidad a mi cuerpo.
No era muy bueno con las palabras amables, pero cuando pronunciaba palabras sentidas en su corazón, eran como el mejor chocolate con maní.
Tenía un amigo...su "punto de presión". Creo que fue el único en amarlo como lo amé yo...o aún mas, porque para él era real cada padecimiento que soportaba de su parte, como así también, el respeto y admiración más profundos que por él tenía. Este amigo suyo era su conexión más humana, y por eso yo lo amaba también.
Me enamoré del chico de la tele y no soporto que nuestro romance haya durado 13 capítulos, que su frialdad ante la vida haya sido una mentira, y que su personalidad indiferente fuese de archivo.
Me enamoré del chico de la tele, aunque deba reconocer que su cabello carbón fuera en realidad color cobrizo, y que su personalidad disociada de emociones fuese un mito. Porque tal como lo dice Arjona, "cómo es de idiota el amor y cómo duele", más aún, cuando es ficticio.
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