No era para nada mi tipo. Siempre lo supe. Pero había algo con el que me simbolizaba a un chicle Bubbaloo de uva. Ese que no sería mi primera elección, pero aún así era válida.
El era el codiciado, el casanova, el tenorio. Las pibas suspiraban ante su presencia, porque su personalidad de desasimiento e indiferencia, provocaban el efecto inverso.
El tenía la sonrisa para el costado, y solía hablar mientras la esbozaba. Sus ojos, verdes amarronados y disímiles en tamaño, me vulneraban, haciéndome incapaz de sostenerle la mirada. A veces, enrojecidos por los vestigios que el faso les dejaba, me penetraban hasta lo profundo de lóbulo occipital, provocándome, a su paso, un electro-shock amigdalino.
Su pelo, castaño claro, revolucionado y sin marca de peines, enmarcaba a la perfección su rostro para nada olímpico.
Sus palabras, aunque siempre hoscas y distantes de cualquier dejo de ternura, eran como un choque de planetas, explotándome en el estómago cada vez que me las dirigía.
Me recuerdo, un día, luchando por mis convicciones contra un lego del curso, y él defendiéndome sin tener porqué. Creo que eso quedó colgado cuál "Mona Lisa" en mi corazón. No por mi indefensión y su caballerosidad (que eso me copa, igual), sino por su "compromiso" conmigo.
Además, no esperaba nada de él, porque entendía que el mambo era mío y que la situación sentimental era unilateral. Pero la mente era mi peor enemiga, más viniendo de la escuela de "Floricienta".
Hubo un proyecto individual para una materia, una vez. Cobró sentido cuando él caracterizó "El enorme dragón", protagonizando mis historias cotidianas en un diario (íntimo), adornando mi crónica de manera icónica. Es que, pensándolo bien, para mí él representaba eso. Un dragón que amenazaba con la entereza de mi persona, pero que incendiaba todo a su paso, incluso mi cordura.
En ese momento tenía 17 años. Sentía con exponente 100, sin filtrar con mi lóbulo frontal. Era un huracán emocional que se llevaba todo puesto. Hoy con 24 (casi 25), siento en dosis, permitiéndome así, disfrutar del viento.
El año pasado lo ví en el súper, con su novia. Nos saludamos a los 10 mts de distancia que nos encontrábamos. Lo leí con mi mirada. Tenía barba y responsabilidades. Se lo veía enamorado y estable. Pero su mirada, ese universo aparte, siguió explotando estrellas en mi, haciéndolas fugaces, como lo fue mi "amor" por él.
Y yo... yo, lejos de ensombrecer semejante paisaje, no pude evitar sentir a mi corazón brillar y sonreír, porque mi "teenage-love" me hizo acordar, nuevamente, a mi chicle Bubbaloo de uva.
Comentarios
Publicar un comentario