Me rompe la cabeza tu nariz de tobogán. Quisiera dejar de pensar en tu mirada oceánica y espejada que hace que mi jardín estomacal se llene de mariposas eufóricas.
No me mires. No hagas que me sienta manija. Esa cara, labrada...y esa barba colorada. Y mi corazón al ritmo de Usain Bolt. ¿Se llega a escuchar?
Te pienso e imagino que tal vez me pensás. Te convertiste en un hobby. No debería... mi pasatiempo debería ser el estudio de la teoría de Erikson. Pero la verdad es que no me importa. Porque pienso en tu pelo, y en lo bien que te queda esa selva amazónica en la cabeza.
¿Podés dejar de sonreír? Qué remolino químico me generás. Frío, calor. Temblor. El estado de abstinencia, constante y repentino. Porque esa sonrisa es el portal a Eudamon, es el Olimpo y sus dioses. Es la transparencia de las aguas de Islas Maldivas.
Quién iba a pensar que apenas te conocí no te ví. No te miré. ¿Y ahora? Te descubrí. Tan oculto estabas a mis cinco sentidos. Tan fuera de mi búsqueda del tesoro. ¿Por qué no te quedaste ahí? Chester Benington y su voz llevándome a vos. Te percibí. Te asimilé. Te aprendí. Te aprehendí.
Me gusta verte cuando estás en otra. El espejo como canal. Como pasadizo hacia un revuelo de pensamientos y emociones que calcinan mi buen juicio y mi prudencia.
Pero al fin y al cabo, sos un ideal. Un Retelling absurdo de un cuento que nunca escribió ni leyó nadie. Un mero "erase una vez" sin nudo ni desenlace. Un Mr. Darcy sin historia. Un Linkin Park sin Chester Bennington. Un "In the end" sin volúmen.
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